Eurovision: Pop, política y un simio danzante, pero no Rusia

Washington Hispanic

AP

sparzan las lentejuelas, enciendan las luces de discoteca y prepárense para batallar: llegó la hora del Festival de la Canción de Eurovisión, una celebración del pop cursi con un trasfondo de política y patriotismo. Más que una competencia de canto, es diplomacia con zapatos de baile.

Esta semana intérpretes de más de 40 países se suben al escenario en Kiev para buscar el título de Eurovision, ante unos 200 millones de telespectadores. La 62da competencia anual tiene cantantes melódicos pulcros, ritmos electrónicos, rumanos cantando yodel y hasta un gorila danzante. Pero también se nota una gran ausencia, la de Rusia, cuya participación se vio afectada por el conflicto diplomático y militar del país con su vecina Ucrania.

Rusia, junto con Suecia, es el país que más concursantes ha tenido entre los cinco finalistas este siglo. Pero su representante de este año, Yuliya Samoylova, fue bloqueada por Ucrania, el país anfitrión, porque había estado en Crimea tras la anexión de la península por Rusia en el 2014.

En respuesta, el Canal 1 de televisión, propiedad del estado ruso, se está negando a transmitir el certamen. Este sábado, en lugar de la final, presentará la película «Alien».

Rusia ha estado molesta desde el año pasado, cuando la cantante ucraniana Jamala ganó Eurovision con «1944». La canción describe las deportaciones de tártaros de Crimea a Asia Central bajo el dictador soviético Josef Stalin, pero también hace referencia a su reciente trato bajo el presidente ruso Vladimir Putin.

Como ganador de 2016, Ucrania es el anfitrión de Eurovision este año.
John Kennedy O’Connor, autor de la historia oficial de Eurovision, dijo que Ucrania ha usado por años Eurovision para molestar a Rusia.

«La última vez que el concurso fue en Kiev fue una canción sobre la revolución naranja y la permitieron en la competencia», dijo. «Ucrania ha estado fastidiando mucho tiempo y ahora el concurso estará en una crisis verdadera».

La separación Moscú-Kiev es un dolor de cabeza para la productora de Eurovision, la European Broadcasting Union, que hace un esfuerzo tremendo por mantener el pop y la política separados. Las banderas y pancartas abiertamente políticas están prohibidas, y las letras son monitoreadas por su contenido provocador. En el 2009, la EBU rechazó la canción de georgiana «We Don’t Wanna Put In», una indirecta a Putin. La unión ha sido criticada por no haber prohibido «1944» el año pasado, permitiendo que las tensiones entre Rusia y Ucrania se exacerbaran.

La acritud es irónica, pues Eurovision se creó en 1956 con la idea de unir a las naciones europeas después de la guerra. Se lanzó un año antes que la Comunidad Económica Europea, precursora de la Unión Europea.

«Eurovision, como la CEE, nació de esta creencia apasionada de que no debemos tener otra guerra en Europa», dijo Chris West, autor de «Eurovision!», una historia del concurso y el continente. «Ambas instituciones fueron motivadas por este sentimiento de ‘nunca más’».

Desde su debut con concursantes de siete países, Eurovision ha crecido para abarcar a más de 40, incluidas naciones no europeas como Israel y, de algún modo algo controversial, la lejana Australia.

La competencia ayudó a lanzar las carreras del grupo sueco ABBA, que ganó en 1974 con «Waterloo»; la superestrella canadiense Celine Dion, que le dio el título a Suiza en 1988, y el grupo de danza irlandés Riverdance, que amenizó el espectáculo de 1994.

Eurovision tiene una gran cantidad de seguidores gay y se ha convertido en un símbolo de liberalismo optimista; el lema de este año es «celebremos la diversidad». Las victorias de la cantante trasgénero israelí Dana International en 1998 y el barbudo drag queen australiano Conchita Wurst en 2014 fueron elogiadas por liberales y condenadas por conservadores, notablemente en Rusia, donde políticos nacionalistas citaron el certamen como evidencia de una degeneración occidental.

En el escenario, muchos seguidores de Eurovision esperan ver resurgir este año a la Europa occidental, tras años de dominio oriental y nórdico. Entre los corredores de apuestas, los favoritos son el baladista portugués Salvador Sobral, con la melosa «Amar Pelos Dois», y el italiano Francesco Gabbani, acompañado por un bailarín vestido de gorila en «Occidentali’s Karma», una mirada descaradamente sarcástica a la evolución humana.

O’Connor dice que la canción italiana posee las cualidades de un clásico de Eurovision.

«Es tan inusual y tan indignante y tan tonta», dijo. «Pero también es muy, muy contagiosa».

Un país que no espera quedar en primer lugar es Gran Bretaña. El Reino Unido no ha ganado desde 1997, y muchos británicos sospechan que la política está detrás de su mala racha. Los ganadores son elegidos por votación del público y jurados nacionales, y las alianzas regionales suelen ser evidentes. Grecia y Chipre se dan rutinariamente la puntuación más alta, al igual que los estados Nórdico y Báltico.

Gran Bretaña es vista como de pocos aliados, y a algunos les preocupa que la decisión del país de salir de la Unión Europea afecte aún más las probabilidades de su concursante, Lucie Jones, con la balada «Never Give Up On You».

Para West, la realidad es más simple: las recientes entradas británicas no han sido muy buenas.

«Bloquear el voto no hará que una canción mala gane. Creo que una canción tiene que ser decente para ganar», dijo. «Si Adele o Ed Sheeran entraran a la competencia, todavía podrían ganar».