Familias de salvadoreños con TPS se preocupan por su futuro

AP
Washington Hispanic

Desde su pequeña casa ubicada en un pueblo al oeste de San Salvador, Flor Tovar vivía con tranquilidad. Al pensar en el futuro de su familia imaginaba que sus hijos se mudarían a Estados Unidos y ella podría seguir viviendo de las remesas que recibía de su marido, pero el mundo se le vino abajo cuando se enteró de que él, su padre y sus dos hermanos pronto perderían el beneficio migratorio del TPS y podrían verse obligados a regresar a El Salvador.

El anuncio del fin del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) que realizó el lunes el gobierno de Donald Trump implica que no se renovará la protección legal otorgada a los salvadoreños tras los daños causados por un huracán en 1999 y un terremoto en 2001. Éste había sido renovado en varias oportunidades, pero ahora Estados Unidos argumentó que El Salvador ha recibido cuantiosa ayuda internacional y que gran parte de la infraestructura del país ha sido reconstruida, por lo que no se justifica el beneficio.

En consecuencia, los 195.000 salvadoreños amparados tendrían 18 meses de prórroga, tiempo durante el cual deberían buscar soluciones para que puedan continuar viviendo y trabajando en Estados Unidos. Se estima que este grupo tiene un aproximado de 192.000 hijos en ese país.

“Nos encontramos en un callejón sin salida”, dijo Flor a The Associated Press. La salvadoreña de 33 años no trabaja porque vive de las remesas que envía su familia y dedica todo su tiempo a cuidar a sus hijos.

“No sabemos que vamos hacer. Sin ese dinero no sé como voy a mantener a mis hijos”, agrega.

Flor y sus hijos —Elías O. de 12 años y Cristian A. de 10— viven en una pequeña comunidad de bajos ingresos en la jurisdicción de San José Salitrillo, a 70 kilómetros de la capital salvadoreña, en una zona con alta presencia de las pandillas que asedian a los jóvenes.

Como muchas otras salvadoreñas, Flor dice que su mundo se derrumbó cuando escuchó que Estados Unidos daba por terminado el TPS. Con desesperación buscó a su marido, Elías Colocho, y habló con él desde Richmond, Virginia, donde vive y trabaja.

“Hablé con él, está preocupado. No sabe qué hará. Los niños también hablaron con el papá”.

Elías, un joven de la misma edad de Flor que trabajaba como panadero en El Salvador, tomó una pequeña maleta y se fue en busca del sueño americano. Dos años después su mujer tomó el mismo camino y tras dejar a sus hijos con su madre, un coyote la llevó hasta Richmond por 6.500 dólares. Sin embargo, tras un par de años perdió su trabajo, Elías la dejó por otra mujer y ella tuvo que volver.

A pesar de todo, evitaron divorciarse para no incurrir en gastos de abogados y acordaron que él le enviaría dinero mientras permaneciera allá. “Acordamos que yo me regresaba y que me iba a dedicar a cuidar a nuestros hijos. Él nos mandaría dinero cada quince días para que comiéramos y nunca ha fallado”, explica.

Flor duda al responder sobre la cantidad que Elías le envía desde Estados Unidos. El temor de que su historia se conozca y pudiera convertirse en una víctima de las pandillas que extorsionan a quienes reciben remesas es grande.

Sin embargo, tras unos minutos, dice que quincenalmente recibe 150 dólares y a esa suma se añade lo que su padre o alguno de sus hermanos también le mandan, por lo que la cifra a veces alcanza 330 dólares al mes. Su expareja además compra aparatos electrónicos y ropa para ella y su familia cuando lo necesitan.

Las remesas que recibe le alcanzan para lo siguiente: 50 dólares para el alquiler de una vivienda de dos pequeñas habitaciones y un baño, 40 para el transporte escolar de sus hijos, 35 para la energía eléctrica, 15 para agua potable y 30 para el cable de televisión. El resto lo usa para comer.

La vida de Flor sería una de las muchas que se transformaría por falta de remesas en caso de que sus familiares fueran deportados tras perder el TPS en 2019. Durante 2016, los salvadoreños que viven en Estados Unidos enviaron 4.576 millones de dólares a El Salvador con una tasa de crecimiento de 7,6%, un incremento de 306 millones con relación al monto total de remesas percibido en 2015, según el Banco Central del país.

Asimismo, la cantidad de remesas recibidas en ese mismo año equivalen al 17,1% del producto bruto estimado para ese año.

Flor además teme por su madre, una mujer enferma que también vive de las remesas. “¿Y si sacan a mi papa y a mis hermanos, de donde saldrá el dinero para mi mamá?”, se pregunta.

César Ríos, que dirige el Instituto Salvadoreño del Migrante ha dicho que el regreso de miles de salvadoreños desde Estados Unidos podría suponer una crisis humanitaria para la nación centroamericana. “El país no está preparado para recibir a miles de salvadoreños. Aquí no hay programas para ayudar a los repatriados”, ha dicho.

Flor coincide y le preocupa la posible situación laboral que tendría Elías en caso de volver.

“Aquí no hay trabajo, y si hay, lo más que se gana son unos cinco dólares al día”, cuenta la mujer, que asegura que su marido gana alrededor de 1.200 a la semana en donde ahora vive.

“¿Y con eso cree que pueden mantener a una familia? ¿Usted cree eso?”.