Relojes Muertos

Por Grego Pineda*

«Tres segundos en la angustia son tres días,

tres días en la historia son tres siglos

y tres siglos, un compás de danza solamente»

León Felipe.

Los relojes de mi entorno están a deshoras. Dos de ellos están sin trabajar y por lo tanto expresan momentos diferentes y contrarios a la exactitud que arroja el tiempo indicado en mi computadora.

MTA

Cuatro relojes, cuales puntos cardinales de mi vida, dejan que la esquina inferior derecha de este recuadro sea la aguja imantada que indique el momento de salir y enfrentarme a millones de relojes que gobiernan las vidas de sus portadores.

Luego, cuando regrese a este entorno, encontraré los marcadores de tiempo que en su momento maduro comprendieron lo banal y egoísta de su trabajo y por ello optaron por silenciarse y descansar. ¡Ellos fueron benignos conmigo!

Dentro de sus murallas protectoras yo estoy a salvo:

No hay tiempo que agite.

No hay tiempo que devore ni que avejente.

No hay tiempo y, sin embargo: hay tanta vida.

¿La muerte?  No, ya no preocupa porque ellos absorbieron la muerte que circundaba y ahora con su parálisis han ahuyentado la hora en que debían sonar por última vez las campanas.

Seré campana por siempre y en mi afán de no emitir sonidos he decidido escribir. Escribo en silencio, pero con letras que gritan a pulmón abierto en los tímpanos de cada lector.

En las horas del mundo ansío, añoro y bendigo las deshoras de mi entorno.

A su hora, el lector soltará este escrito e irá caminando a su propio sonar de campana. Campana que sonará estrepitosamente en el silencio eterno porque no tienen los relojes que me protegen: Los relojes muertos.

(*) Escritor, Máster en Literatura Hispanoamericana.