Confesiones íntimas del columnista desde su matria: El Salvador

He viajado a la República de El Salvador por varios motivos. He de confesar que cada vez que viajo se acrecienta el estado de ansiedad que usualmente me aguijonea pero que controlo con terapias. El viaje fue amable porque me escondí en la lectura, durante todo el vuelo, del libro «Novelas de pavor y de misterio» de Robert Louis Stevenson, edición Aguilar, 1950. No hubo pavor ni misterio en la lectura, pero leer a Stevenson siempre hace bien.

 

Afuera del aeropuerto, mi sobrino Luis Balmore, esperaba. Un amasijo de emociones surge cuando estoy en el país que en el 2001 abandoné. Me instalé, la primera noche, en el municipio de Santo Tomás, lugar de gratísimos recuerdos de juventud. Dormí cobijado con la certeza de no tener el stress del inglés ni de mi obvio aspecto latino. Estas dos cosas cargan la vida de “nosotros” en los Estados Unidos de América. A otros les carga, además, “los papeles” y la zozobra de ser descubiertos y deportados.

 

La primera mañana fue desconcertante. Consulté el celular para ver la hora: 8:30. El sol intenso peleaba con las cortinas oscuras y sus cuchillos de luz perforaban la resistencia del tejido tenaz. Miré un mensaje de voz de Fernando Martínez, querido como “Chani”. Y supuse, ¡Oh, iluso!, que era un saludo de bienvenida. La alegría de escuchar la voz de Chani se tornó sombría: Grego -me decía- Marvin Quinteros falleció en la madrugada.

 

Como aún estaba en cama, la noticia de que Marvin ya había trascendido me dejó sin ánimo de levantarme. También les confieso que habíamos conversado con Marvin que en este viaje nos reuniríamos y me llevaría a comer típicos y recordaríamos los viejos tiempos. ¡Puya!, pensé. Y contuve el llanto. Asimilado el impacto le respondí de la misma manera a Fernando, con mensaje de voz, que su noticia luctuosa me llegaba cuando yo recién estaba en El Salvador. Fernando sigue oculto en su rutina y no lo he visto.

 

Ese día sombrío, privado de la luz que irradiaba Marvin Quinteros, tenía agendados trámites en las oficinas de la Corte Suprema de Justicia y en el Ministerio de Hacienda. Había coordinado estar todo el día con el colega y amigo Carlos Martínez Guerra. El entusiasmo y amabilidad desplegada por Carlos al invitarme a desayunar aminoró mi tristeza, pero no la sensación de soledad y pérdida.

 

Hubiera querido refugiarme en casa y escribir una elegía para Marvin Quinteros, pero las citas no me lo permitían. Y como bálsamo de mi afligida alma encontré, para sorpresa, una calidez y bondad en cada empleado con que interactuaba en cada gestión burocrática. ¡En verdad me impresionó la amabilidad recibida! Y caí rendido de gratitud con la sonrisa espontánea y cortesía recibida a través del día. La noche llegó con la noticia en el periódico «El Diario de Hoy» sobre el fallecimiento de Marvin y la compartí en Facebook así: «Mi amigo desde la infancia. Estoy muy triste». Generó 12 caritas tristes, 3 caritas con corazón, 1 de sorpresa y ¡2 likes! Y 5 comentarios solidarios.

 

En los días subsiguientes compartí con mi hermano mayor y quien me puso al día con las rutinas de la mayoría de mis parientes y por su medio visité a primos que dos décadas nos han separado. Nos sorprendimos, en su mayoría, vernos tan marcados por el paso del tiempo y la vida. Sin embargo, las memorias estaban intactas y hasta pude rescatar fotos y documentos inéditos que tienen un valor sentimental profundo.

 

Después de varias semanas logré finalizar los trámites burocráticos para retomar mi profesión de Abogado y Notario y regresar a Washington DC para ejercer como una opción y alternativa de servicio profesional a la comunidad de salvadoreños en la zona. Entonces me dediqué a organizar visitas a intelectuales, académicos y artistas amigos y de mi interés para compartir sus trabajos, propuestas y afanes con mis lectores.

 

Al primero que visité fue al Dr. Oscar Martínez Peñate en su casa, a poca distancia de mi refugio. Oscar fue generoso con su tiempo y bondad y conversamos sobre su profusa obra publicada en función de la Historia y Sociología de El Salvador y su grande contribución bibliográfica a la cultura nacional. Además, ha sido un catedrático que ha contribuido al acerbo cultural de las nuevas generaciones. En tan ameno y franco intercambio enfocado en un mejor El Salvador, él me sugirió visitar al famoso pintor Miguel Ángel Ramírez en Panchimalco.

 

Gracias a coordinaciones de Oscar Martínez fui recibido por el artista plástico Ramírez en la Galería regentada por la Fundación Miguel Ángel Ramírez, situada frente a la Casa de la Cultura de Panchimalco. La amabilidad y responsabilidad con que me fue mostrada la Galería y los diferentes espacios de enseñanza sobre diversas expresiones artísticas me cautivaron y el tiempo voló mientras disfrutaba los ambientes de trabajo enquistados o asimilados con la naturaleza. El lugar es un auténtico oasis de inspiración y trabajo creativo. Y estoy tan feliz de saber que, al menos en la visión del maestro Ramírez, la esperanza aún vive ¡y con fuerza! en el presente y futuro de los niños, con quienes trabaja.

 

También me reuní con poetas jóvenes, gracias a la recomendación desde Washington DC por parte de José Vladimir Monge, y fue así cómo por medio de Alberto López Serrano, visité la Casa del Escritor y Museo Salarrué en Los Planes de Renderos. Este templo del saber está bajo la dirección de López Serrano. Como en un Cuento de Cipotes, los sedientos de poesía fuimos a beber anhelos en un mirador cercano. Estuvo presente el poeta Josué Andrés Moz y la señora Argelia Quintana, madre de la eterna poeta Amada Libertad. También estuvo Christian García, amante del arte y profesional de Relaciones Públicas. Los versos de Andrés Moz son un torbellino que arrastra hasta el subconsciente y ¡Dios salve al poeta!

 

Ya pronto volveré a casa en los Estados Unidos de América y dejaré mi hogar cuyas habitaciones están llenas de recuerdos que se amontonan por salir y me ahogan de nostalgia. Desde mi matria, la República de El Salvador, repito los versos del poema «Nostalgia» de la escritora colombiana Luz Stella Mejía Mantilla: «La nostalgia es infinita: No es dolor de patria ausente, es duelo del regreso imposible».

 

by: Grego Pineda