Colombia, la ‘matria’ de la poeta Luz Stella Mejía Mantilla

Grego Pineda

La Patria, esa cicatriz que llevamos los inmigrantes latinoamericanos en nuestra alma, cuya presencia no deja olvidar la melodía del Himno Nacional, el abrazo de la madre, el primer beso de la novia, ni los platillos preparados por la abuela. Añorar vivir, pensar y hablar en tu lengua materna. «La nostalgia es infinita:/ No es dolor de patria ausente, / es duelo del regreso imposible/».

MTA

La patria Colombia, que para la poeta colombiana-estadounidense Luz Stella Mejía Mantilla, es su matria porque en su libro Etimológicas dice: «Si fuéramos justos debería ser el país de la madre de uno. La tierra donde nacimos de nuestra madre, la que nos enseñó ella a querer con sus abrazos, la que aprendimos a añorar con sus recuerdos. El pedacito de paraíso perdido de nuestra infancia en su regazo.» El silogismo Matria existe en literatura y se usa en otros ámbitos, como en algunas poblaciones originarias del Sur de América.

Luz Stella vivió su infancia en la planicie de Bogotá, muy cerca de las montañas y su recuerdo aún perdura y subyace en su poética. Adolescente se fue a estudiar a la costa en Santa Marta, cercana a la región de Cartagena. Se graduó de Bióloga marina y trabajó en ese rubro científico hasta que se mudó a Los Estados Unidos de América. Aquí, el ejercicio de la ciencia marina no prosperó, en su lugar, floreció la poesía en el jardín de su vida.

Pregunté a la poeta, ¿qué es la poesía? y respondió: «La poesía es la forma más sublime que tenemos de explicarnos el mundo, de entender el dolor, de expresar la pasión. Un poema para mí puede ser la salvación, la iluminación, el último recurso para mantenerme cuerda. Cuando la vida me abruma, cuando la incertidumbre me supera y necesito encontrar una manera de lidiar con el día a día, leo y escribo poesía».

Disfruté mucho su último poemario Etimológicas, en el cual ha agrupado sus versos en tres bloques: Patria, Matria y Tierra. Ha unos años, la gran Colombia pasó por un inédito proceso de consulta en las urnas donde debían votar por la paz y terminar las décadas de conflicto armado con miles de muertes y desplazamientos humanos. La mayoría votó en contra de la Paz y esa extraña voluntad popular partió en dos la sensibilidad de Luz Stella. Su dolor, extrañeza y reflexiones llenan el primer bloque.

El segundo bloque lo forman los recuerdos de su infancia y madre. Pero no se crea que son versos tristes, lacrimosos o de nostalgias comunes. Su poética es potente, empodera a la niña que fue o las niñas que son, no se queda atada al pasado, más bien lo rompe. Rescata a su progenitora: «Mi madre esta adherida a mí. / O más bien/ Yo sigo adherida a mi madre. / Mis actos la recrean/ porque le pertenecen, / en ella nacieron y yo los ejecuto. /Soy su prolongación.»

Y el tercer bloque lo averiguará el o la lectora cuando busque el libro. Dos veces leí su poemario porque en general toda su propuesta estética es deliciosamente profunda, con perspectiva universal. Ha hilvanado las palabras con un cuidado y precisión que las emociones están delicadamente matizadas con sus meditaciones y observaciones. Intuyo que la poeta escribe observada muy de cerca por la científica.

Y para finalizar, con reposada voz me desliza esta confesión: «Soy bastante solitaria, no tengo muchas habilidades sociales y soy terrible con las conversaciones insubstanciales, por eso, cuando leo un poema y me reconozco en sus palabras, sé que quien lo escribió es mi paisano, mi semejante, aunque nos separen siglos o miles de kilómetros. Eso, para mí, no tiene precio.» Y estoy infinitamente de acuerdo con Luz Stella.