Análisis: Biden asume riesgo al sacar fuerzas de Afganistán

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AP
Washington Hispanic:

Al principio, la guerra de Estados Unidos en Afganistán fue en represalia por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Después fue para apuntalar a un gobierno y a un ejército débiles a fin de que la organización Al Qaeda de Osama bin Laden no pudiera amenazar a Estados Unidos nunca más.

Ahora está prácticamente terminada. Tras la muerte de Bin Laden hace bastante tiempo y sin que el territorio estadounidense haya haya sufrido otro ataque a gran escala, el presidente Joe Biden se ha comprometido a poner fin al conflicto más largo en la historia de Estados Unidos y enfocarse en lo que considera son desafíos más importantes y de mayores consecuencias que suponen el resurgimiento de Rusia y el ascenso de China.

Aún así, con el retiro de los pocos miles de efectivos estadounidenses que restan en Afganistán al cumplirse el 20mo aniversario de los ataques del 11 de septiembre, Biden está asumiendo un riesgo calculado de que los extremistas en Afganistán puedan ser contrarrestados por fuerzas estadounidenses y de sus aliados en otras partes de la región, y que él no se convertirá en el presidente que subestimó la resistencia y el alcance de los extremistas que aún pretenden atacar a Estados Unidos.

El director de la CIA, William Burns, le dijo el miércoles al Congreso que Washington perderá inevitablemente cierta ventaja de inteligencia ante la amenaza extremista, aunque dejó entrever que las pérdidas serían manejables.

“La capacidad del gobierno estadounidense para compilar (inteligencia) y actuar ante las amenazas disminuirá. Eso es simplemente un hecho”, declaró Burns. “Sin embargo, también es un hecho que después del retiro, cuando sea que llegue el momento, la CIA y todos nuestros socios del gobierno estadounidense conservarán un conjunto de capacidades, algunas de ellas que permanecerán en su lugar, otras que generaremos, que nos puedan ayudar a anticipar y contrarrestar cualquier esfuerzo de reconstitución”.

Había entre 2.500 y 3.000 efectivos estadounidenses en Afganistán cuando Biden asumió la presidencia, el número más bajo desde la primera época de la guerra. El contingente alcanzó su mayor dimensión de 100.000 hombres durante el primer periodo del presidente Barack Obama. Conforme las bajas de Estados Unidos en la guerra han disminuido también ha disminuido la atención del público estadounidense. La guerra fue apenas mencionada durante la contienda presidencial del año pasado y ponerle fin podría ser una decisión políticamente popular.

Sin embargo, persisten las preocupaciones. Stephen Biddle, profesor de la Universidad de Columbia que ha asesorado a comandantes estadounidenses en Afganistán, considera posible que Al Qaeda pudiera restablecer la base de su estructura en Afganistán una vez que se marchen los estadounidenses y sus socios de la coalición.

El Talibán en Afganistán se comprometió con el gobierno del presidente Donald Trump en un acuerdo de febrero de 2020 a no permitir que Al Qaeda ni ningún otro grupo extremista utilice territorio afgano para amenazar a Estados Unidos. Sin embargo, ese acuerdo podría estar en riesgo debido a la decisión de Biden de no completar el retiro de las fuerzas para el 1 de mayo, tal como había prometido el gobierno de Trump.

El mayor peligro, dijo Biddle en un correo electrónico, es que el retiro pudiera derivar en el derrumbe de las fuerzas de seguridad afganas y una guerra civil con diversos bandos que involucre a facciones del Talibán y otras “en una versión más letal de la guerra civil de la década de 1990”.

“Esto sería un desastre humanitario para los afganos, mucho peor que la insurgencia actual”, apuntó.

En forma más amplia, la ausencia de las fuerzas estadounidenses en Afganistán podría propiciar mayor inestabilidad en una región donde hay dos potencias nucleares rivales, Pakistán e India, que combaten a sus propias insurgencias.

“Esta ya es una zona peligrosa en el mundo; hacer que se vuelva aún peor al permitir la caída del gobierno afgano es el mayor riesgo aquí”, señaló Biddle.

En otro momento crucial de la guerra, Obama adoptó un punto de vista similar. Cuando anunció el envío de 30.000 soldados estadounidenses a Afganistán en diciembre de 2009, el mandatario argumentó que no convenía intentar contener amenazas extremistas en la región de Afganistán y Pakistán sólo con lo que las fuerzas armadas estadounidenses llaman fuerzas “más allá del horizonte”: efectivos y aviones militares destacados allende las fronteras afganas.

“Abandonar esta zona ahora y confiar sólo en las acciones a distancia contra Al Qaeda obstaculizaría significativamente nuestra capacidad para mantener la presión sobre Al Qaeda y crearía un riesgo inaceptable de ataques adicionales contra nuestra patria y nuestros aliados”, señaló Obama.

Así, el mandatario incrementó los efectivos para golpear tan duro al Talibán que tuviera que negociar un acuerdo de paz. No funcionó.

El Talibán continuó luchando. Incluso después de que Trump autorizara una estrategia militar aún más fuerte contra el Talibán en 2017, el grupo insurgente no se rindió a pesar de estar muy golpeado. Aceptó negociar con el gobierno afgano, pero las conversaciones se estancaron.

Es difícil emitir un juicio sobre lo que se ha ganado en los 12 años desde que Obama intensificó la guerra. Probablemente las fuerzas de seguridad afganas sean más fuertes, aunque su resistencia será puesta a prueba cuando les falte el respaldo de Estados Unidos, al que ya estaban acostumbradas.

El gobierno de Afganistán no ha fortalecido su autoridad en todo el país, y el Pentágono alega que el intenso enfoque que ha aplicado para contrarrestar a la insurgencia allí y en el Medio Oriente ha drenado tanto sus recursos que Estados Unidos está perdiendo terreno frente a China y Rusia.

La guerra ha costado más de 2.300 vidas estadounidenses y un sufrimiento inconmensurable a los afganos desde que Estados Unidos invadió el país en octubre de 2001. Cuando se habían cumplido 10 años del conflicto en mayo de 2011, fuerzas estadounidenses mataron a Bin Laden en Pakistán, y por un breve tiempo pareció posible que Washington tendría una oportunidad de poner fin al conflicto.

Pocas semanas después de la muerte de Bin Laden, un soldado estadounidense joven destacado en un puesto de avanzada en el oriente de Afganistán le preguntó al secretario de Defensa, Robert Gates, qué efecto tendría la muerte del líder de Al Qaeda sobre la guerra, dejando entrever cierta esperanza de que podría apresurar el fin del conflicto y permitir el regreso de los efectivos a su país.

“Es muy pronto para saber”, contestó Gates, que estaba de visita.

Diez años después, Biden ha decidido que ha llegado la hora, aunque para los afganos el conflicto podría estar lejos de haber terminado.