El Teatro de la Luna y la poesía del exilio Carlos Parada Ayala*

“Gozo el exilio, o me pego un tiro”, declara Mario Marcel, Director del Teatro de la Luna, en la conversación con el público que se llevó a cabo el sábado, 11 de febrero, luego de la presentación del programa Poesía y exilio:  México y Centroamérica.  Las palabras de Mario Marcel reflejan la dolorosa experiencia del exilio en la historia de América Latina.  

 

Esas palabras son también testimonio del proceso de adaptación de una familia de exiliados de Sudamérica que tuvo que cultivar su cometido artístico en las entrañas del destierro.  Desde 1991, tanto Mario Marcel como su esposa Nucky, y ahora su hija, Marcela Ferlito Walder, fungen como los timoneles del exitoso Teatro de la Luna. Como tales, este extraordinario equipo ha sabido compartir su legado de lucha y gozo con todos los latinoamericanos de la región metropolitana de Washington, DC, a través del teatro y la poesía.

 

Poesía y exilio esta vez nos trajo inspiradores versos de grandes exponentes de la poesía de México y Centroamérica, entre ellos, José Emilio Pacheco, Octavio Paz y Sergio Cordero de México; Ernesto Cardenal y Ariel Montoya de Nicaragua; Roque Dalton, Manlio Argueta y Hugo Lindo de El Salvador; Otto René Castillo y Manuel José Arce de Guatemala; y José González de Honduras.

 

Uno de los grandes atractivos del programa fue que estas voces de la poesía latinoamericana fueron transmitidas a través de diez lectores del área metropolitana quienes, bajo la dirección de Mario Marcel, se prepararon durante varios meses en un taller de interpretación poética, a fin de lograr una ejecución efectiva y profesional de los versos.  Este esfuerzo es algo que no se puede obviar en vista de que la poesía está escrita para leerse en voz alta y para transmitir no solo ideas y emociones, sino que también los elementos rítmicos y musicales correspondientes. La interpretación tuvo su punto álgido en el momento en que los intérpretes leyeron de manera colectiva el poderoso poema “Vámonos patria a caminar” de Otto René Castillo, poeta que padeció exilios y fue brutalmente torturado y asesinado en manos del ejército guatemalteco en 1967. 

 

Otro de los grandes distintivos de esta iniciativa del Teatro de la Luna fue el impacto que la poesía causó en los diez lectores provenientes de México, Paraguay, Honduras, El Salvador, Bolivia, Colombia y Estados Unidos, quienes en la conversación después del programa, –llevado a cabo de manera presencial y transmitido en línea a nivel nacional e internacional– compartieron sus experiencias al ponerse en la piel de la poesía que estudiaron e interpretaron como parte del taller. 

 

Para la analista y activista salvadoreña Aracely Panameño, quien llegó a los Estados Unidos a los quince años, el haber trabajado con sus compañeros de taller fue como una terapia emocional y mental. Tras haber interpretado el poema de Ernesto Cardenal “Los muchachos de la prensa”, Panameño manifestó que la represión y persecución que padecieron los jóvenes nicaragüenses durante los años de la dictadura somocista en Nicaragua fue similar a la que padecieron los jóvenes salvadoreños como ella: “Era peligroso, era ilegal ser joven en Nicaragua, era ilegal ser joven en El Salvador” declaró Panameño. 

 

Para la enfermera paraguaya Graciela Rivas, la historia de México y Centroamérica, tal y como se refleja en los poemas, es una historia de sufrimiento y explotación que continúa en la época actual. Rivas apuntó que logró profundizar su apreciación de la poesía del exilio y de la dificultad que implica escribir “letras de muerte” porque ser obligado a salir de un país es como “estar muerto”.  Rivas lo sabe en carne propia ya que su familia tuvo que vivir en el exilio en Argentina tras el conflicto paraguayo de 1947 que forzó al menos a 30 mil paraguayos a huir de su país. Sin embargo, Rivas manifiesta que al conocer y entender el terror y el dolor de los pueblos de América Latina, parece que “resurgimos, crecemos y nos juntamos entre nosotros, y entonces nos damos cuenta que somos más parecidos que diferentes […] Y somos felices cuando hacemos [los talleres]. 

 

El músico boliviano Gabriel Lora, quien participa por segunda vez en los talleres de interpretación poética, ha sido amante de la poesía desde muy temprana edad.  Durante la conversación, Lora hizo reír a sus colegas del taller al compartir el primer poema que aprendió en su niñez:  “Mis zapatitos me aprietan / mis mediecitas me hacen calor / y la chica de enfrente / me tiene loco de amor”.  Este momento de gracia contrastó de forma diametral con el intenso poema sobre la represión en Guatemala titulado “General” del poeta Manuel José Arce que Lora, en su clara y profunda voz, interpretó de manera magistral.  Lora, así como los otros miembros del grupo de intérpretes, agradecieron ampliamente a los directores del Teatro por la rigurosa preparación que le brindaron a los talleristas. 

 

Parte de la conversación con lectores y público abordó el tema de la poesía de mujeres poetas en el exilio y la profunda e interesante poesía que las jóvenes poetas están escribiendo en la actualidad en América Latina.

 

Los miembros del equipo de lectores que participaron en este taller, además de los ya mencionados, fueron Janet Castro de Colombia, Ana María Delgado y Romilia Soto de El Salvador, Luzmaría Esparza de México, Maribel Woodward de Honduras, y Jordan Vesey y Anthony Singh de Estados Unidos.

 

A través de estos talleres, el Teatro de la Luna mágicamente sigue transformando el dolor del exilio en una experiencia vital y auténtica que abre las puertas del disfrute y el gozo de quienes se abren al entendimiento profundo de su historia a través de las artes.

 

*Carlos Parada Ayala es poeta salvadoreño, licenciado en literatura, y mágister en educación.